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P  O  E  M  A   S   
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Que ruede la lluvia por corredores de
hospital. Mientras un taxi nos lleva,
que muera uno más para que vayan
despejando los pasillos.   Mientras bebemos por
el muerto y lo olvidamos.
  Que de él no quede nada si no un baúl
con ropa vieja.   Mientras pasamos del
alcohol a la cama y de la ducha
a los malintencionados abrazos.
  Que comience el rito funerario mientras
ella tras sus lentes de movie star insulta
por primera vez a su fantasma.  Que se esfumen
los que sobran.   Que siga la cueca, pero en otro lugar. 

                                                                                                                      

 

El ruido pavoroso de una orquesta de circo barato
o el silencio pavoroso de las lunas lejanas,
algo irremediablemente confuso y otra vez pavoroso,
una suerte  de patada en la raja y combo en
el hocico a la vez, una agitación en su larga
vigilia de maniaco depresivo, un modo
despiadado de apagar la luz y de entrechocar
los dientes como si no pasara nada.

 

 

 

Sábes cuántos somos? O te has ido olvidando de aquellos
espejos, y del nudo de pájaros que vagaba enlutado cuando
ya no nos buscábamos.  No recuerdas acaso aquel silencio
avergonzado, aquella vergüenza de amarte tanto y decirte
tan poco ?        Pero no importa ; yo a mi vez he ido
multiplicándole farolitos a la vereda que se niega todavía
a regresarte,  y sigo parado en esta misma esquina por
donde pasan todos los caminos.

 

                                                                                                                     

 

Hombre de inextricable ausencia quemándote los dedos
que asomas apenas por tu ventana con despiadadas gotas
de nórdica y ácida lluvia.  Ven a quemarte los ojos aquí.
Ven a conocer al minotauro que todavía hace gala de paciencia
en su espera, antes de que salga él mismo a buscarte por
todos los caminos.
 

 

 

Ciudad ebria donde nací para volver    ;    he vuelto a ti
para renacer, y aunque quieras sangrar por tu mirada todas
las heridas, me llueve desde tu cielo una incansable
primavera.   Mojo en tus lágrimas mis lágrimas, lloro
mi risa contigo  ;   ciudad que me dejas para dejarte
de nuevo, donde quiera que vaya me alcanzará tu ausencia.

 

Abanicos, guillotinas, miradas
lanzadas como puñales, como redes;
un salón de fin de siglo con la
decoración eléctrica de sólo la luz
y el sonido y los cuerpos difusos.

 

                                                                                                                          

¿ Sábes acaso de qué encendida manera te espero ?  Sábes que
te escribo cada día, que te llamo y que te imagino cada vez más
cerca de mi fantasía y más lejos de tí, amada desconocida ?

 

 

 

La perpetua vigilia que ha inferídome tu imperdonable sombra
va obstruyendo cada gesto que le intento al tiempo, que inocente
no se cansa de sumarle horas a estos días que simulan un solo
círculo suicida y ciego.   Imagino vagamente tu horizontal mirada de
pavorosa inocencia contra ciertos objetos nocturnos. La
luz perpetuándose en la caverna vaciada de antepasados
y de futuros fantasmas.  Tu cuerpo pequeño
oscuramente encendido de apagados asombros, la
inextricable belleza de tus lágrimas, dolor de una
nada que apenas asoma.   Y yo queriendo anunciarte
el milagro, amor avergonzado, vergüenza
de amar.    Más camino, siempre más camino y hogueras
a mitad de la noche, pero aquí estamos tan cerca
aunque el sueño nos torna fugitivos. 

 

       Recojo mis ojos del suelo para abrumarlos de tu vaga persistencia
por estos callejones pálidos que transita mi memoria en su alta mixtura
de sombras a fuerza pura y venturosa niebla.
       Como una multiplicación prodigiosa y clandestina tus pisadas
inquisidoras fueron ascendiendo hasta una hoguera de viento cada una de
las palabras que despeñé por tu milagro imperdonable.
     Había condenado mis manos a enarbolar tu nostalgia y enfermaba
este corazón porfiando una agonía devota contra todo horizonte
diverso a los muros de tu ciudad transfigurada.
En fin, tú y yo infiriéndole paladas de oscuridad a una historia
especular que por sobre todo el misterio de su trama nos trae
reunidos para saltar duramente hacia esa orilla donde somos una
misma y sola fuga de esta batalla que perdimos.
        Solos ahora para celebrar la pobre investidura de otra piel
nos resta sin embargo todavía cerrar el tránsito a toda mano
extranjera y dictarle a un cielo de impasibles abejas,
el discurso absolutorio de nuestro encendido silencio.