P O E M
A S
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Centenares de rastreras unicornias,
incesantes lucradoras, iscariotas
embriagadas,
imponentes salteadoras de sepulcros infestados,
sacerdotas
de mis sueños, asesinas de mis labios.
Furias
imperfectas incrustadas en el tiempo,
amantes de la afrenta lucradoras del
ocaso,
colectivos encerrados entre cuerdas y maderas,
tormentosas secreciones de tu alma hecha pedazos.
Te invades
de tu nombre tantas veces poseído,
tantas veces olvidado entre sobras y
siluetas,
brevemente atormentado, levemente bendecido,
en tu nombre van
los pasos, en tus ojos, la tormenta.
Ancianas mariposas,
inquisidoras del silencio,
meditantes vagabundas del espacio y del azar,
flagelantes cortesanas de las sobras indelebles,
majestuosas delirantes,
mercaderes
de mi paz.
Pasos sedientos de ausencia y de tiempo,
rostros y orgías
corrigiendo tu encanto,
fuertes puñales lanzando al verdugo,
consignas de
patria, consignas de guerra.
Quisiera saborear tus ojos tibios y
lastimados,
lavar mis pies y guardar silencio por un segundo,
escupir tus
manos con lo que sobre entre mis dientes,
y besar despacio, lo que quede de
tu rostro.
Virginales almohadillas que mi puñal no han
penetrado,
mal olientes poetisas enterradas por error,
contenidos los
espacios de mis peces alquilados,
solteronas vagabundas, poetisas hechas
luz.
Entumidas mujerzuelas de los
postres miserables,
aterradas primerizas, espumados
clandestinos,
sostenidas inmundicias atrapadas bajo el yugo,
un cartel
hecho pedazos, bruja pena, del olvido.
Maniáticas hogueras
oxidándose en temor,
azafatas clandestinas, desperfectos
intragables,
cocineras poseídas por contrato y malas hierbas,
composturas
sinoidales, maleficios sin remedio.
Refúgiate en mis cuerdas temblorosas,
y despide para
siempre tu humedad,
que habrá tumbas suficientes en mi boca,
que por tí, y
por el tiempo, he de sellar.