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P  O  E  M  A   S  
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Es más, se desvelan de hastío los sueños y a fuerza
de apagar la distancia que me infieres te descubro
toda la ausencia de que soy capaz. Así quedamos casi a
mano ; tú , vistiendo tu soledad de fuga, arrinconando
espejos memoriosos ; yo cavilando un paisaje de humo
y escudriñando la corriente por si ocurre
acaso otro relámpago a mitad de la noche.


                                                                                                                         

 

Considerando esa suma imposible, que puede, más
que arrojar monedas sin valor a la fuente, ineluctar
minuciosamente cada sueño y descomponerle al menos
una rueda al carrito infame aquel que persiste en
confiarle todas las palabras a todo quien pueda
deletrearlas ... ; sacudiendo, agitando, batiendo fuerte y
majaderamente este sublime y maraqueado lenguaje, que
a pesar mío llevo pegado a los ojos y que me duele
cuando voy a soñarte. 





La endiablada cadena, el gesto amargo pegado
a la piel, los zapatos tropezando las
tristes veredas, la niebla persistente
cerrándote el paso.   Pero tú, porfiado
como viejo beodo, haciendo el numerito
que acostumbras, cruzas la línea que
todavía te separa de la muerte y sin pena
ni gloria en un triste callejón te mueres.


                                                                                                                           

Y hasta que regresó umbrío de hondores y desiertos
la vana claridad ocultó su gesto de caer y despertarse.
   Llegó herido en el abrazo y en la voz avergonzado,
apenas lo sostenía una red suspendida en la noche.
   Se durmió y comenzó a caminar sobre la tela húmeda
y pretérita de su pavorosa obsesión.

Y así como el rayo se noos va el siglo XX, es decir
el automóvil, el avión, el submarino, Kafka,
Freud, Einstein, la bomba atómica, el hombre
en la luna, las computadoras, el rayo láser
y The Beatles.  Se nos va la guerra fría, la
mágica y mística década de los sesenta. Para
que hablar de la Primera, con sus gases
y sus trincheras.  O la segunda, con los
panzer comenzándola y los americanos
cortando la gran tajada y los rusos una algo
más pequeña.  Digamos que esta centena comienza
con la muerte del titánico Nietzsche y termina
con la guerra del Golfo y la de ex Yugoslavia
de Tito despedazándose con ferocidad medieval. 

 

                                                                                                                                

De cruzar tanto la calle
me voy acostumbrando a la velocidad
enamorada del silencio
a tantas voces reunido.

Me paro en una esquina y miro para un lado
camino un poco y miro para el otro.
Algún día alguien me preguntará que dónde
y yo le hablaré despacio
para que sólo el viento guarde la memoria
de esa mirada que nos anda buuscando
y que la ciudad se ha tragado
en una dirección equivocada.

 

 


Vestiré un espectral abrigo gris y la bruma temprana
me hará invisible entre la gente.   Fumaré algo por si
acaso y asaltaré el tram 4 junto a la primavera
que arde entre miradas azules y rubio perfume y que
transfigura una vez más el frío.   A un costado del pasillo
mis sentidos comunican sensaciones sinfónicas

                                                                                                                           

Situado al sur del suelo y a la sombra
de muros cuyo nombre es legión, considero
vagamente el discurso clandestino de unas volutas
que, indecisas, dan vuelta tras vuelta por este
jardín en llamas.    Apago una vela que nunca encendí,
enciendo el mismo cigarrillo que me ha consumido en
mil noches de vigilia y crucifico vagamente otra página
en blanco.      Pero en algún lugar del mundo llueve y
ella ha regresado a casa y mira por la ventana
hacia el sur y me  llama y antes de escuchar
mi voz cuelga el teléfono.

                  


Desde  aquella noche no paramos hasta hoy.  Yo he sido todo el tiempo, en estas
seis semanas transcurridas aquí en R'dam, un lotófago terminal,
un buscador errante, un espejo frío y clamoroso, un marqués
de Valmont literario, una vela ardiendo persistente, una caja
de subterránea y húmeda garganta, un pulmón insaciable de
aire de alturas y un testigo probable de una realidad
empecinadamente inextricable.  Lo que cuenta más que todo, eso
sí, sigue siendo la ciudad.  La ciudad y sus habitantes.
La ciudad, sus zonas y sus claves.  Asistido por la certeza
de recorridos, trayectos, líneas, intersecciones, ángulos
urbanos, mercados y ventas, voy haciendo el caminito
del indio de atrás para adelante.  Un indio que no para de remar.
Lo que la ciudad define exactamente son opciones, zonas para
entrar y calles abstractas, tiburones aburridos haciendo de
cerradura y cepo, derrotados juglares de mínima suerte ;  lo
que la ciudad define es la suma imposible de realidades que
la sustentan.  Yo tomo de la ciudad lo que anticípole casi
cada vez a algún papel porque voy dirigido al sueño que
construyo.  Yo soy un devastador de inalcanzabilidades.
Mañana algo pasa. Voy a mirar l.p.s.  Ahora voy a dormir.